La primera vez que pisé Madrid fue en el año 1.974 cuando vinimos de México a pasar la Navidad con la familia. Al mediodía de mi primer día en España mi padre tomó rumbo a la Plaza Mayor y junto con mi madre nos metió en un bar cuya especialidad es el bocadillo de calamares. A mis 7 años se quedó grabado para siempre el sabor de aquel maravilloso manjar. Y nació una tradición familiar.Han pasado los años y ahora cada vez que Silvia y yo pisamos Madrid siempre terminamos en el bar "La Campana" (calle Botoneras 6) disfrutando de nuestro bocadillo y acompañándolo de una buena ración de bravas como sólo en Madrid se pueden saborear. Y hoy como ayer sigue sonando la voz de los camareros cuando el local está lleno: "¡Al fondo hay sitio!".
¿Puede la nouvelle cuisine competir con esta delicia para el paladar? Silvia y yo creemos que no.





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