Ayer recorría la carretera A-360 una vez más, con el orgullo de ir "radiándole" a Silvia y a Rod Mondy prácticamente cada recodo, cada curva, cada pedacito de asfalto por el que íbamos pasando. El trayecto se me hizo tremendamente corto, tal vez por la ilusión que acumulaba mi corazón aunque en esos momentos yo no era consciente de ello.
Entramos en Morón y salvo algún pequeño cambio en los árboles, todo lo demás parecía igual. Pasamos por el instituto, la rotonda del "gallosaurio", la plaza de toros, la guardia civil, el tenis, y luego la rotonda de Montellano y Coripe. En los salesianos se notaba que estábamos en Navidad por el silencio de sus aulas. Seguía contándoles a mis pasajeras todo lo que pasaba por mi mente cuando llegamos a la plaza del Llanete y... ¡la vi! Ahí, frente a mi, estaba el símbolo silencioso de que el Hospital "La Milagrosa" seguía existiendo. Esa espadaña, cuna de las cigüeñas que trajeron a tantos bebés al hospital, no la pudo tirar ni siquiera un vendaval. ¿Quién me iba a decir a mí que verla me iba a poner a llorar de emoción?
A mi hospital le han dado un buen lavado de cara, y lo han modernizado hasta donde se pudo. Los uniformes del personal son diferentes, y seguramente lo único que queda en su sitio son las habitaciones y los quirófanos. Ahora es un Hospital de Alta Resolución. Pero mis ojos, como en esas películas tipo "flashback", veían otras paredes, otras gentes, otros tiempos... Eran tiempos distintos en los que nací a la vida profesionalmente, por eso siempre será mi hospital. Me da vergüenza decir que en los centros donde ahora trabajo aún no me sé los nombres de todo el personal, mientras que en la horita corta que estuvimos por ahí reconocí a todos y me sabía sus nombres y apellidos. Pude abrazarme con ellos, pude volver a escuchar sus voces, y pudimos recordar (una vez más), aquellos días en los que trabajar no pesaba y era más un placer que una obligación.
Para colmo de bienes esta vez no volví a Morón solo. Fuimos la familia al completo, y por eso mi orgullo era bidireccional. El ratito que volvimos a compartir me ha recordado que hubo una época maravillosa de mi vida que sirvió de trampolín para llegar a donde ahora estoy. El mismo capricho del destino que me sacó de allí, debería volver a aparecer algún día y volverme a dejarme en ese lugar del que nunca quise irme. Y ese día llegará, y seguro que las cigüeñas guiarán mis pasos hasta esa espadaña que guarda el que probablemte sea el menos secreto de mis sueños.








Así que Silvia y yo fuímos los primeros en pisar el aula 11, la que pone en un cartelito 1ºB y que está en la primera planta. ¡Qué emoción ver el pupitre que ponía "Rod"! Las emociones se me acumulaban al sentir aquella clase como una parte más de mi vida. Allí nuestra pequeña pasará muchas horas y es allí donde por fin terminará de adaptarse a su nueva vida. Y mientras Silvia colocaba la bolsa en su lugar yo intentaba que no se me escapara un detalle, al tiempo que se escuchaba el jaleo que desde la escalera llegaba al ir subiendo ya los alumnos de los cursos superiores.







