"La voz de la sangre... ¡qué flácida patraña romántica! La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre, lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ése es su padre." (Rubén Dario. Autobiografía)
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22 de abril de 2011

No pudo ser...

El cielo, ¡ay el cielo! no ha permitido que mi Hermandad de Pasión haya hecho su estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral. ¡Ay cielo, ay! Este año en el que necesitaba más que nunca acompañar a mi Virgen de la Merced yo ya sabía desde el Sábado de Gloria no podría salir por culpa de un agudísimo dolor de espalda. Pero encima no poder disfrutar de mi cofradía en la calle ha sido demasiado para mi y me ha dejado tocado.

Mi Cristo de Pasión con lirios, ¡ay cielo, ay! como a mi más me gusta. La banda de música del paso de palio un año más sin estrenarse. Mi túnica sin orearse y ya van 3 Semanas Santas sin salir y eso es ya todo un agujero en mi alma cofrade y en mi corazón cristiano. Sólo me queda el consuelo de saber que faltan menos de 365 días para la próxima Semana de Pasión en la que ¡ay cielo, ay! pido que mi sueño y mi deseo se vea cumplido y pueda volver a pasear por las calles de Sevilla acompañando a mis Sagradas Imágenes para dar testimonio de esa Fe que tanto falta y que tanta falta hace en este mundo en el que vivimos.

El Señor lo ha querido así, y nada hay que objetar. Él sabe mejor que nadie el porqué de esta tarde-noche teñida de lágrimas.

Tal vez por eso, entre tantos sevillanos, hay un hombre que se mira las manos. Nació hace unos 400 años. Pero su rostro no lo envejeció esa edad sino la Cruz que le hicieron cargar desde el principio. Y con esa Cruz no para de aliviar las cruces de los demás sevillanos. Cada Jueves Santo abandona su casa, en la plaza del Salvador, para recorrer la ciudad y buscar las caras de quienes no suelen ir a verle. Es sin duda una de nuestras mayores cumbres religiosas de estos días. Porque nuestros pasos en la calle no buscan la emoción de los sentidos, sino la conmoción del alma.
Unos días al año le quitan su Cruz, para su Besapié, y El se queda como en el último trecho del camino al Gólgota mientras Simón llevaba su madero. Porque cuando le quitan su Cruz El se queda... mirándose las manos. Como queriendo tomar con ellas las manos de todos los hijos de esta ciudad para unirlas bajo su amor sin medida. Esa era su misión. Por eso me gusta tanto verle cuando le quitan su Cruz. Con su prodigiosa cabeza recogida en su pecho, fijos los ojos verticalmente en sus manos abiertas. Llenas de milagros. Y cuando cada tarde de Jueves Santo vuelvo a verlo venir me miro mis propias manos, y las escondo avergonzado ante su presencia. Y solo veo manos a su alrededor, las manos de los suyos que le preceden, manos de apretarse el escudo mercedario sobre el pecho, manos salpicadas de cera roja sobre las manchas de la piel veterana, manos de escolta para esa compañía que nunca les falló. Manos que desembocan en las divinas manos del Señor reflejadas sobre los cierros de Álvarez Quintero.
¡Pasión! Tu eres el Cristo que se mira las manos. ¡Pasión! Dulce orilla para el oleaje encrespado en que nos ahogamos. ¡Pasión! aplaca con la mansedumbre de tus manos esta marejada, y desde tu barca de plata sálvanos… Cómo atrevernos a pensar en una Sevilla sin sevillanos. Sería quedarnos sin ti, Jesús de la Pasión. Tu, el primer sevillano, el de las nobles manos… (Extracto del pregón de D. Francisco J. Vázque zperea, 2.003)