
Hace tiempo que había dejado de contar los años que iban pasando mientras mis sueños permanecían inalterables en esa lata de conservas que algunos llamamos corazón, con el temor oculto que algún terminaran caducando. Es más, yo creo que mi ilimitada capacidad de soñar manifestada años atrás, se estaba viendo frenada (voluntaria o involuntariamente) e intentaba pensar más en el presente que en el futuro.
Ahora todo es diferente. Y no sólo porque cada día abro 2 o 3 latitas de esa conserva que no se vende ni en el
Club del Gourmet, sino porque creo que actualmente atesora ingentes cantidades de nuevos sueños e ilusiones por consumir.
El otro día estuvimos en Matalascañas pasando el día. Ya sabéis: toallas, sombrilla, sillas plegables, tortilla de patatas y filetes empanados en la fiambrera, agua, zumos, refrescos y fruta en la nevera, y la ilusión de pasar un montón de horas los tres solos. La sensación de estar sentado junto a Rod Mondy haciendo un castillo de arena, y luego viéndola "cocinar" una tarta de cumpleaños fue indescriptible. De vez en cuando nos levántabamos de la arena para recoger conchas, piedrecitas, plumas de gaviota, palitos, etc. para nuestros trabajos.
En la parte húmeda de la arena aprovechamos para dibujar y repasar formas, letras y números, y hasta que las olas se los llevaron ahí estaban un corazón que unía a mami, papi y a la perlita caribeña. Una nueva forma de tomar el sol ahora que los paseos por la orillita del mar han pasado a un segundo plano.
Finalizar el día después de un buen baño y una mejor cena,y leyendo un hermoso cuento de la colección reeditada de Beatrix Potter hizo que al bajar las escaleras después de haberla dejado dormida sintiese una sensación nueva. Iba solo y una enorme sonrisa invadía mi cara, y algo ronroneaba en mi pecho. Fue el efímero momento en el que un sueño consume su último instante al haberse convertido en realidad. ¡Qué sensación! Y creo que sólo tengo una manera de resumirla: soy papá.