Carita divina, Luna lunera, Corta romero y Habrá Navidad. Y de las cuatro piezas, tres eran novedades, rigurosos estrenos. Una vez más haciendo gala del "más difícil todavía". Por un lado los habituales cambios en la orquesta por las salidas y entradas de alumnos a la misma. Ahora hay que sumarle que el maestro Jerónimo (¡qué pedazo de músico!) no se limita a hacer una "adaptacioncita" en las partituras sino que realmente realiza una orquestación que poco más o menos viene a ser como reescribirlo todo nuevamente para terminar aportando ese salero inconfundible que nace de su genio musical. Todo el mundo sabe quién es el maestro de música, pero no se pueden imaginar lo difícil que es crear arte llevando siempre una sonrisa para no perder el compás. No sé si es el alma mater o el alma pater de la orquesta pero de su corazón nace esa música que luego transforman nuestros niños en sentimiento puro durante los conciertos.
Luego, para colmo, resulta que ya estamos acostumbrados a que nuestros pequeños músicos y cantores vayan subiendo un peldaño en cada actuación. Y claro, lo normal es que terminaran pagándolo en los primeros ensayos. ¡Vaya la que les cayó después del primer ensayo general! Pero desde ese momento tiraron de casta y para avanzar a pasos agigantados en ese comprimidísimo cuadrante de ensayos que los llevó hasta las mismas puestas del "Pastora Soler" donde poco antes de las 10 de la mañana supe que se iba a vivir una mañana increíble para la orquesta.
Yo estoy convencido que todo el mundo presentía lo que al final pasó, y que no fue otra cosa que un espectacular concierto donde el nivel estuvo cercano a la perfección. Lo digo porque a falta de 20 minutos para empezar el pase para las familias sólo quedaban libres los asientos traseros del patio, e incluso los laterales más "golosos" estaban ya saturados.Por eso cuando empezó a sonar el "Carita divina" la conexión se estableció desde el primer acorde. Este "viejo" villancico sonaba más fresco y lozano que nunca, con una percusión que iba finísima y como la maquinaria de un reloj suizo. Clarinetes y flautas, violines, violas y violonchelo, guitarra y pianos, tocaban de dulce e hicieron de alfombra roja para el lucimiento del coro, en el que destacó la afinación de nuestro solista que mostró el desparpajo propio del que se gusta en lo que hace. Esos poco más de cinco minutos de compases flamencos nos emocionaron un año más y propiciaron un espléndido inicio de uno de los conciertos más esperado de nuestra joven-veterana orquesta.
Ya nos habíamos zampado los entremeses, y se nos ponía por delante un primer plato inédito llamado "Luna lunera", aunque conociendo a los autores de la receta parecía tremendamente apetitoso. Yo me enamoré de este villancico y de su letra, con hermosas figuras literarias ("el niño se calentaba con un rayito de Luna", ¡no me digáis que no es precioso!). Bellísima orquestación la de Jerónimo y Salvador que han creado la primera suite para coro de la historia. Como un buen entrante la interpretación empezó fuerte y con determinación, para ir dando paso al paladeo y deleite con los solos del coro arrullado de forma impecable también por los solistas de la orquesta, y todo ello a su vez envuelto por una milhoja de percusión rematada por una guinda aflamencá que nos puso a todos los vellos de punta y haciendo explosionar en el patio los "olés" de un público entregado por completo.
Pero, ¡seguía habiendo hambre de concierto! Y ahora venía una delicatessen de nuestros chefs, el "Corta romero". En el nombre sabor al campo andaluz, y en la letra el espíritu vivo de las letras de los campanilleros que supieron ver ates que nadie que los Reyes Magos salieron de Tartesos. ¡Cómo se arrancó esa orquesta y ese coro! Toda la fuerza de los músicos desde el inicio, dirigida por un maestro Enrique concentradísimo en la tarea de conducir con dulce firmeza a sus chicos, mientras sopranos y mezzosopranos les hacían un monumento vocal a las maestras Mercedes y María del Mar (¡vaya dos directoras de coro de lujo!). Ese final saliendo desde abajo para dejar que la orquesta y el coro buscasen su techo sonoro sin desbocarse dejó un regusto que ha tardado días en marcharse definitivamente de los sentidos.
Con los corazones canturreando por ese fenómeno contagioso de la felicidad, apenas nos percatamos de que faltaba el postre. Ni el más exquisito de los reposteros hubiese podido elegir un plato mejor para rematar el concierto con "Habrá Navidad". ¡Qué dulzura en cada nota! Una presentación sencilla con los sonidos de la viola, el violonchelo y la guitarra salpicados por suaves toques de percusión que a modo de azúcar glacé daban una chispa de blancor a la melodía de introducción. El bombo y los cajones era el sonido acompasado del corazón de una orquesta de niños y niñas entregados y que todo lo daban sobre el escenario. Pasearon los sonidos de sus instrumentos, el frescor de sus voces, una, y otra y otra vez sin llegar nunca a empalagar. Y al apagarse la última nota en un susurro de voz y un acorde de guitarra llegó la apoteosis final, las ovaciones y los aplausos. En nuestro colegio la Navidad tiene un pórtico que viene marcado por el concierto de la orquesta JNZ y esta vez ha sido un pórtico de gloria multicolor donde hasta los que morimos por la orquesta nos quedamos alucinados por el resultado final.
Esta proyecto ya no es un sueño. Ahora es una auténtica fábrica de sueños para todos los que de una forma o de otra amamos lo que se hace. Sólo por eso terminaré repitiendo unas palabras que los alumnos de la orquesta dedicaron a sus Maestros Magos: "¡Gracias por regalarnos la orquesta!"


















