"La voz de la sangre... ¡qué flácida patraña romántica! La paternidad única es la costumbre del cariño y del cuidado. El que sufre, lucha y se desvela por un niño, aunque no lo haya engendrado, ése es su padre." (Rubén Dario. Autobiografía)
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18 de febrero de 2011

Érase una vez...

... un papá que disfrutaba muchísimo leyendo cuentos a sus hijas. Tres años antes, un hada le concedió el deseo de poder ir a la clase de su hija mayor a leerles un cuento. Desde entonces ese día era para él un día tremendamente especial, y se levantaba nervioso mientras pensaba si el cuento que había elegido era el mejor para aquellos niños de la clase de la maestra Teresa (3ºB). Cuando faltaba media hora para las 11.00 de la mañana se marchó camino del colegio recordando imágenes de la película "miss Potter" ya que finalmente había decidido leer el cuento "Perico el conejo" de los Cuentos completos de Beatrix Potter. A su paso la gente se quedaba extrañada de ver a un hombre tan sonriente y absolutamente ajeno a todo lo que en esos momentos le rodeaba porque estaba a punto de vivir uno de esos días esperados y deseados durante todo un año.

Este curso leería cuentos junto con 3 mamás, lo que hacía aún más especial el momento. A la hora prevista Mari Carmen los subió hasta la puerta de la clase, donde la maestra Teresa los recibió. Y al entrar en aquel aula parecía que el mismo estaba viviendo un cuento. ¡Ay esas caritas sonrientes! ¡Ay esos ojos brillantes! Como se nota que los niños se están haciendo mayores y que atentos y callados estuvieron todo el tiempo.

El cuento que leyó Rocío -la mamá de José Luis- fue estupendo. Divertidísimo el cuento escenificado de Sandra -la mamá de Teresa- con el que todos se rieron un montón. Fantástico el cuento elegido por María -la mamá de Antonio- con una imagen final sorprendente. El papá de Rod Mondy leyó el cuento viviendo el suyo propio. Paladeaba cada palabra como si degustase el más rico manjar, levantando la vista entre párrafo y párrafo para intentar no perderse un detalle desde su privilegiado lugar en el centro de la clase. Hacia el final del cuento creyó divisar al travieso Perico revolviendo en una mochila, pero enseguida se dió cuenta por los cálidos aplausos de los niños que era su propia alma de niño travieso la que se quería quedar allí.

Y así, sin darse apenas cuenta, aquel papá tan feliz salía de aquella clase caminando sobre una nube y con la pena de no haber podido alargar un poquito más aquellos momentos. Antes de irse del colegio y viendo cuanto estaba disfrutando, un hada que vive detrás de las plantas de patio le guiñó el ojo al pasar y por arte de aquella magia terminó leyendo otro cuento en la biblioteca también para niños de 3º. No podía haber imaginado mejor postre para el atracón de felicidad que se había dado.

Seguro que después de haber leído la historia de hoy comprenderéis porque el papá cuentacuentos no ve en la foto de debajo lo mismo que la mayoría de vosotros. Se queda con la mirada perdida y va colocando a "sus" niñas y niños en cada sitio mientras aparece un esbozo de sonrisa en sus labios y su corazón dice "gracias por haberme dejado estar ahí".

18 de febrero de 2010

Hoy he vuelto al cole :-)


El curso pasado vi cumplida una de mis ilusiones cuando pude leer un cuento en la clase de Rod Mondy. Y casi un año más tarde he podido volver a vivir un día especial, un momento irrepetible porque he vuelto al mismo aula a disfrutar de la compañía de 24 niños y niñas maravillosos que comparten mi vida a través de la de mi hija. Los días que puedo llevar o recoger a mi perlita caribeña los veo entrar y salir del cole pero hoy al verlos sentados en sus pupitres he pensado: "¡qué mayores están!" Entrar en su clase es para mi el mejor de los premios. Compartir ese ratito con ellos es uno de esos momentos que hacen que la vida sea algo tan hermoso de vivir.

El cuento elegido este año era un poquito largo, pero tienen la edad perfecta para escucharlo por primera vez. "La historia de Ernesto" de Mercé Comapany (El barco de vapor). Era una apuesta arriesgada pero estoy convencido que al final salió bien.

Gracias al colegio por la invitación. Gracias al maestro Alberto por recibirme en su clase. Pero sobre todo gracias a los niños de "mi clase" por haberse comportado tan bien, por haber estado callados y atentos, por sus sonrisas y por sus miradas, y por ese aplauso final que me ha sabido a gloria. Al cerrar la puerta de la clase y recorrer los vacíos y silenciosos pasillos del colegio podían oirse las voces de otros cuentacuentos, y la sonrisa de mi cara delataba la enorme felicidad de mi espíritu.

Como otras tantas veces el niño que vive en mi, perpetuo Peter Pan, canturreaba una canción mientras recordaba: "...¡ayns! otra vez se ha olvidado Rod Mondy las gafas..."

23 de febrero de 2009

Vuelta al colegio

A mis 41 años hoy he vuelto al colegio. Acompañado de Silvia he entrado en el aula de 1ºB con los deberes preparados y un libro en las manos. Y mientras la "seño" iba logrado con paciencia calmar la ansiedad de las fierecillas mis ojos se paseaban por entre los pupitres intentando grabarlo todo en mi mente. Finalmente el silencio se hizo y pude empezar a leer "Niña bonita".

Siempre he disfrutado leyendo en público, es algo que me gusta y me satisface. Y viendo las caritas de los compañeros de Rod Mondy me sentía tremendamente cómodo, sintiendo como sus ojillos me miraban y notando como hasta los que empezaron sin hacerme mucho caso poco a poco iban quedando atrapados por el cuento. Y en esa especie de hipnosis en la que parecían sumidos llegó su primera carcajada. Fué estruendosa, unísona, sincera y sobre todo... ¡inesperada para mí! Porque entonces ya no parecía que estuviese leyendo un cuento sino contando una historia, gustándome en ello. No cabía duda de que les gustaba y la sonrisa de Silvia así lo atestiguaba.

Hubiese querido alargar el cuento un ratito más, pero finalmente concluí con el tradiconal "colorín colorado, este cuento se ha acabado". Y así llegó mi premio en forma de coloquio. La "seño" iba preguntando y los niños levantando la mano. Así por fin puse cara a algunos nombres como Triana, Desiré, Manuel, mientras Miguel Ángel no paraba quieto, José Luis era el más formal, Claudia me miraba y sonreía, Manoli intentaba hablar con Silvia, Marta no paraba de levantar la mano, e incluso Rod Mondy terminó interviniendo.

La vida nos regala a diario momentos inolvidables, y a través de los niños nos recuerda que con muy poco se puede ser muy feliz. Ellos se han quedado contentos y mañana ya no recordarán lo que ha pasado hoy; sin embargo yo no olvidaré nunca el día en el que volví al colegio.

23 de mayo de 2008

Tardes de cuentos, noches felices


Ya son dos las semanas en que afortunadamente puede llegar pronto a casa después del trabajo. Antes de la llegada de Rod Mondy eso estaba muy bien porque podía pasar más tiempo con Silvia, arreglar cosas en la casa o en el jardín, o aprovechar para hacer la compra u otros menesteres. Pero con mi pequeñaja en casa... ¡todo cambió!


Ahora, cuando llego a casa se nota que algo ha cambiado. Porque después de ponerme cómodo me siento en el salón al lado de mi niña y repasamos lo que ha hecho en el día. Y me quedo embobado con su media lengua y ese español que en menos de 3 meses ha sido capaz de aprender. Ella habla, rie, gesticula, busca el asentimiento de Silvia que siempre esta vigilante a todo.

Pero desde hace poco tiempo algo nuevo centra nuestra relación: los cuentos. Por fin toda esa enorme colección de libros iniciada hace ya años empieza a cobrar su verdadero sentido. De forma inevitable elegí para nuestra primera tarde de lectura el "Adivina cuánto te quiero", que en la actualidad también es el cuento que le leo cuando se duerme. En tardes sucesivas hemos leído "La mariquita perezosa", "Diez mariquitas", "Yo te tengo a ti y tú me tienes a mi" y ayer por la tarde escogimos un de mis preferidos "Guyi Guyi" para que Rod Mondy escuchase hablar por primera vez del cocopato más genial del mundo.



Así pasan ahora mis tardes, y espero que también parte de mis noches y de mis fines de semanas. Yo estaré disfrutando de todo y encantado de ver que las ilusiones de un día son ahora realidades.