Tara



La historia de Tara daría sin exagerar mucho, para escribir un libro. Su madre se llamaba Cati, y estaba destinada a cruzarse con un caniche campeón, pero días antes un cuchillo negrito y feo se cruzó en su camino y de aquel amor perruno y fugaz llegó al mundo una camada de 7 perritos en casa de mi tía Angelita. Al principio las heridas por el recuerdo de Barry se abrieron y no quise ir a ver a los perritos. Pero enseguida cambié de opinión y empecé a rogarle a mi mamá para que nos quedaramos con uno de los perritos. Y después de unas cuantas semanas de ruegos, una tarde calurosa de verano fuimos a elegir a uno de aquellos revoltosos animalitos que no paraban de jugar en la cocina. Bueno eran todos revoltosos menos una perrita que permanecía bajo una silla con los ojitos abiertos y moviendo el rabito sin moverse del sitio. ¿Amor a primera vista? ¡Absolutamente!Las primeras horas en casa siguen en mi memoría como si hubiese sido ayer. Primero porque mi papá se negó a que se llamase "Dama", cosa que aprovecho mi mamá para hacer un tributo a su película favorita y llamarla "Tara". Y después porque aquél animalito temblaba de miedo y me la llevé a la habitación sobre uno de los cojines grandes del salón para que durmiese en mi cuarto. Aquella fue mi primera noche en vela...
Pasaron los años y por múltiples causas al final el que paseaba y sacaba a Tara era mi padre. Para cada uno de nosotros tenía muestras de cariño diferentes, aunque era increible ver las fiestas que me había cada día cuando llegaba a casa. O las que le hacía a mi tío Kike, en las que ineludiblemente se hacía pipí de la alegría y que le valieron el sobrenombre de "Tara Inés".
Mil cosas os podría contar de ella, pero prefiero quedarme con los momentos más emotivos. Para mi papá fue, hasta el día de su adiós, una compañera siempre fiel mostrándole su cariño hasta en los momentos más duros y difíciles por los que su salud pasó. Y luego ese cariño se trasladó a mi mamá a la que le dedicó los últimos años de su larga vida en los que hubo tiempo incluso de que se escapara y se perdiera en Pinos del Valle durante las fiestas de San Roque. Aquellos casi tres días sin ella, fueron difíciles porque me costaba aceptar que se hubiese ido sin habernos podido despedir. Pero al igual que pasó un año antes con su hermana Tica hubo un final feliz y volvió sucia, desorientada, temblorosa y medio desdentada a nuestro lado.
Diecisiete años estuvo con nosotros, con sus ojitos casi siempre tapados por su flequillo, con ese rabo que se partió la puntita cuando un día sin querer se lo pillé con una puerta, y con esa postura suya de recibirte con las patas para arriba para que le rascases la panza. ¿Qué aprendí con ella? La entrega total sin esperar nada a cambio. Ese fue su regalo y así vive en mi recuerdo. Probablemente también me enseñó que hay que saber envejecer, ya que a pesar de los años ella vivió nunca dejó de ser una cachorra. ¡Ay Tarita Inés del alma mía!
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El resto de la tropa ya ha sido presentada en éste blog. La efímera Cora, el meón de Cásper, y la incombustible Nina, junto con los galgos que acogimos (Tristán, Dulcinea, Pastora y Shira) y una nueva habitante que llegó de forma temporal y por ahora está como indefinida y que responde al nombre de Lola y que espero presentaros pronto. A ellos tenemos que unir a la parte felina de la ecuación, junto con los roedores para así conformar la realidad de nuestro hogar. ¿Locos? Seguramente, pero muy satisfechos.















