Bueno, oficialmente ya nos hemos quitado la "L" de la espalda tras el cumpleaños de Jimena. Y Rod Mondy está a puntito de cumplir ocho añazos. Así que me pregunto: ¿somos ya padres capaces, organizados y resolutivos? Y casi sin haber terminado la pregunta surge la respuesta en forma de: ¡nooooooooo!Pero algo vamos aprendiendo por el camino que ya dijo el poeta que se hace camino al andar. Creo que lo primero que hemos aprendido es que nunca se llega a aperender esto del arte de la crianza y de la educación. Hay modelos, hay teorías, hay toneladas de libros y manuales, y sobre el papel todo parece lo suficientemente documentado como para que todo pudiese desarrollarse de manera más o menos controlada. Pero claro, está ahí el factor distorsionador junto con el factor modificador (léase hermanas), y ya no sabes si el libro que leíste era "Bésame mi vida" o "Duérmete mucho".
Al final entiendes que por encima de todo lo que he nombrado hay algo que te empuja, que te orienta y que te guía. Unas veces es el mismo niño. Otras, simplemente de dejas llevar por tu instinto. Y cuando llevas un tiempo te das cuenta de que no se trata de un examen, de hacerlo perfecto, o de acertar con lo correcto. Todo es más fácil y simplemente se trata de dejar que la vida se siga abriendo paso a su aire. Un árbol sabe que tiene que crecer y a veces sólo basta con ponerle una guía para que no se tuerza. Esta metáfora mi padre la explicaba que hay que dejar a los niños crecer siguiendo sus naturales inclinaciones pero sin dejar que se desvíen.
La forma de educar a nuestros hijos es difícil de valorar o catalogar. Desde fuera algunos pensarán que está bien o que está mal o incluso se llevarán las manos a la cabeza. Pero el "qué dirán" no es un buen consejero y parece que lo importante es marcar un camino y mantenerse en él. Porque ya sabemos que la vida adulta es el revelado de la película rodada durante la infancia, y en esa definición todos deberíamos aspirar a ganar el Óscar.





