
Querido papá:
Con el paso de los años el calendario deja pasar sus hojas cada vez más deprisa y sin apenas habernos dado cuenta vuelve a ser 25 de agosto, y eso marca de rojo en el calendario la fecha en la que nos dejaste para irte con tu amigo el de Galilea. Ya son nueve los años que no estás conmigo y... ¡no me acostumbro a no tenerte!
Ahora que no estás, te siento con más fuerza que cuando simplemente tenía que levantar la vista para sentir tu presencia. Ahora que no estás, los sonidos y los olores de nuestra casa al terminar tu siesta son casi tan reales como cuando levantabas la persiana de tu dormitorio. Ahora que no estás, tengo miedo de que algún día se termine de borrar el recuerdo de cómo eras, cómo te movías, de tu mímica y de tu gestualidad, porque para pena mía ya no me acuerdo de como sonaba tu voz. Ahora que no estás te busco en rincones, te llamo a mi recuerdo cada día, te traigo a mi memoria con la menor excusa y hablo de ti con un orgullo que hasta me hace daño a veces.
Soy un feliz padre de familia, y entre otras cosas lo soy porque a pesar de todo lo que he escrito arriba... ¡tu si que estás! Estás en el reloj de pulsera que llevo como tú en la muñeca derecha. Estás y formas partes de mis oraciones, y te busco y acudo a ti como cuando tenía 14 años y me encontraba perdido. Estás en todas las frases que sembraste a lo largo de tantos años y que ahora brotan de mi labios en el momento oportuno. No he olvidado que "la mejor herencia es la cultura", ni tampoco que "sólo hay una manera de hacer las cosas y es hacerlas bien" y menos aún he podido olvidar que "lo difícil en la vida es ser capaz de vivirla respetanto las propias convicciones". Estás en la piscina cuando cada tarde voy a nadar con Rod Mondy. Estás cuando voy sólo en el coche conduciendo a la ida o a la vuelta del trabajo. Estás en los libros que amabas, en tus películas favoritas, en tu "alergia" al plástico o a la coca-cola. Estás en la bendición de San Francisco, o en el beso que yo doy cada día a la Virgen de la Milagrosa que cuida nuestra casa.
Hace unos días una amiga me preguntaba si podría ser una buena madre, lo que finalmente me llevó a hacerme la misma pregunta. A fecha de hoy no tengo respuesta, aunque lo que puedo decir es que pongo todo mi empeño en poder llegar a serlo. Y por si algún día tu te hiciste la misma pregunta quiero gritar desde aquí a todo el mundo que mi padre ES AÚN el mejor padre que jamás hubiese podido imaginar.
Ha pasado un año y no estás. O al menos eso es lo que dicen.
Te quiero papá.



Y tan perfecto salió que la habitación 116 (sala de observación) estaba en el pabellón "La Milagrosa" de la clínica. ¿Cómo no me había dado cuenta después de tantos años acompañando a mi maestro el Dr. Martín? Las "sores" de las plantas eran Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Tantos años y seguía persiguiéndome. Por cierto, la medallita con la que inicié esta historia se quedó unos años más tarde en ese pabellón cuando se la regalé de corazón a una paciente que en aquel momento de su vida la necesitaba más que yo.
Pero aún faltaba que otro de los rayos que salen de sus manos volviese a iluminar mi camino y vino a hacerlo en el momento y en el lugar oportuno. Todos sabéis que mi hija Rod Mondy nació en Haití y que cuando fuimos a buscarla tenía un estado de salud bastante débil. En aquellas semanas previas a nuestro viaje fueron sor María Teresa al principio, y luego sor Rosa María finalmente nuestros ojos, nuestras manos y nuestra esperanza en Haití. Porque no es que les debamos mucho. Es que se lo debemos todo. A ellas, y al cariño del resto de "sores" que desde su anonimato tambien hicieron mucho para que hoy seamos una familia feliz. De hecho al escribir esta historia cumplo con muchísimo retraso una promesa que le hice a sor Gladys. Ver en el patio del colegio la imagen de la Virgen Milagrosa apartó de mi todo miedo, sabiendo además que nuestros ángeles de la guarda eran Hijas de la Caridad.

Pero es que desde Santander nos ha llegado otro premio otorgado por nuestra amiga

