La historia que os voy a contar dura ya 21 años...
Mi orgullo de estudiante tuvo que esperar a llegar a 3º de Medicina para tener que estudiar durante el verano porque suspendí Farmacología. Aquello me sirvió de lección para aprender no sólo "farma" sino que también era útil estudiar algo más que el mínimo para ir sacando las asignaturas de la carrera. Sigo con lo importante. Mientras esperaba para entrar en el salón de actos echando un útlimo vistazo a los resúmenes, mi amiga Marisa me puso al cuello una medallita plateada y me dijo que quería que me la quedara. Y así, con un hilo morado se quedó colgando de mi cuello. Un notable en el examen fue mi recompensa, y aquella medallita pasó al olvido...
Tres años más tarde estaba preparando el examen final de Medicina Legal que era la antepenúltima barrera antes de terminar la carrera. Mientras buscaba en un cajón de mi mesita de noche mis "amuletos", algo se quedó enganchado en el pin de mi troll del pelo verde. Vï que era la medallita que me dió Marisa y recordando cuando fue la última vez que la llevé puesta no dudé en colgármela al cuello. A mediados de aquel mes celebraba con mis padres mi licenciatura y nuevamente la medallita quedaba en paradero desconocido.
El tiempo pasaba, y ya me había presentado a dos convocatorias del MIR y no había podido elegir plaza. Un año entero de estudio en la biblioteca del Hospital de Valme frente a cuatro horas y media y 250 preguntas en el examen. Y el calor del mes de Octubre en la Sevilla postExpo. Nuevamente el ritual de buscar todo aquello que me pudiese "dar suerte". Esta vez si hice por encontrar mi medallita y lo hice en el sitio de siempre. ¡Dios como lloré cuando elegí plaza para especializarme en Cirugía General y Digestiva en "mi" Hospital de Valme! Guardé la medallita en un joyerito con su hilo morado...
Los cinco años de la residencia se pasaron volando. Sabía que encontrar trabajo no iba a ser fácil, aunque como a otros compañeros que terminaron antes que yo sabía que mi oprtunidad llegaría con las sustituciones del verano. Pero la Providencia me reservaba algo diferente porque a mediados de Marzo me llamaron para decirme que en el Hospital de Morón de la Frontera habían sacado una plaza de cirujano a concurso. Eché la solicitud y con un mes por delante me puse a estudiar un temario extensísimo con la tranquilidad de que no tiene nada que perder. La noche antes del examen mientras aparcaba mi coche toqué el dial de la radio que sintonizó "Onda San Pablo" que es la emsiora de una librería religiosa. Y cuando iba a extraer la carátula escuché que sonaba el "Romance de San Antonio", ese que tantas veces mi abuela me cantó con su voz de caramelo. Esa noche dormí sabiendo que la plaza era para mí...
Después de firmar el contrato en la oficina de personal del Ayuntamiento me llamó la directora del Hospital para que me pasará por su despacho y luego para enseñarme el centro. Yo caminaba bajo el calor de un viernes de Mayo, víspera de mi cumpleaños, buscando la Plaza San Francisco. Llegué allí y me encontré con un antiguo edificio con un precioso patio. Había que subir a la primera planta y al llegar al rellano del primer tramo de escaleras y levantar la vista para tomar aliento, la ví. ¡Allí estaba Ella! En un precioso azulejo de proporciones enormes sobre una ventana antigua de madera la estaba viendo porque el Hospital Municipal de Morón de la Frontera se llamaba... ¡Clínica La Milagrosa! Después de tantas pistas supe que ya para siempre mi vida quedaría ligada a una devoción que yo desconocía y que literalmente llevaba unos cuantos años persiguiéndome.

Mis sueños de juventud poco a poco se iban realizando. Y por esas cosas que tiene el destino pude ver realizado otro con mucho adelanto respecto a la fecha que pensaba. Ese suelo no era otro que poder abrir una consulta privada. Tres compañeros del Hospital de Valme se encargaban de atender las urgencias de cirugía en el Hospital Infanta Luisa de Sevilla, y me incorporaron al equipo de guardias. Y en poco tiempo llegó mi primera llamada para ver a un paciente que estaba en la habitación 116. Tuve suerte y encontré aparcamiento rápido y en la misma plaza de San Gonzalo muy cerca de la clínica. Al ver la puerta de laiglesia abierta entré a rezarle a la Virgen de la Salud para encomendarme a Ella y que todo saliera bien. Después de rezar me dí la vuelta y ví que una imagen conocida presidía el altar mayor... ¡allí estaba "mi" Milagrosa! Y también "mi" San Judas Tadeo y "mi" Virgen del Rocío. Y ya de remate al salir a la plaza después de tantos Lunes Santos esperando para ver salir a la hermandad de San Gonzalo descubrí que la imagen que presidía la plaza también era La Milagrosa. Todo saldría perfecto...
Y tan perfecto salió que la habitación 116 (sala de observación) estaba en el pabellón "La Milagrosa" de la clínica. ¿Cómo no me había dado cuenta después de tantos años acompañando a mi maestro el Dr. Martín? Las "sores" de las plantas eran Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Tantos años y seguía persiguiéndome. Por cierto, la medallita con la que inicié esta historia se quedó unos años más tarde en ese pabellón cuando se la regalé de corazón a una paciente que en aquel momento de su vida la necesitaba más que yo.Yo ya presumía abiertamente de mi historia y profesaba una devoción especial a aquella advocación. Las medallitas y las estampas de la Virgen de la medalla milagrosa siempre están en mi cartera para dárselas a todo el que la necesite. La casa donde vivimos en Coria del Río está presidida por un azulejo de La Milagrosa en cumplimiento de una promesa cuando pudimos vender rapidísimamente un piso que me dejó mi padre en herencia y que nos posibilitó cumplir el sueño de vivir en una casa. ¿Quién mejor que Ella para bendecirnos cada día?
Pero aún faltaba que otro de los rayos que salen de sus manos volviese a iluminar mi camino y vino a hacerlo en el momento y en el lugar oportuno. Todos sabéis que mi hija Rod Mondy nació en Haití y que cuando fuimos a buscarla tenía un estado de salud bastante débil. En aquellas semanas previas a nuestro viaje fueron sor María Teresa al principio, y luego sor Rosa María finalmente nuestros ojos, nuestras manos y nuestra esperanza en Haití. Porque no es que les debamos mucho. Es que se lo debemos todo. A ellas, y al cariño del resto de "sores" que desde su anonimato tambien hicieron mucho para que hoy seamos una familia feliz. De hecho al escribir esta historia cumplo con muchísimo retraso una promesa que le hice a sor Gladys. Ver en el patio del colegio la imagen de la Virgen Milagrosa apartó de mi todo miedo, sabiendo además que nuestros ángeles de la guarda eran Hijas de la Caridad.Esta era la historia que quería contaros. Si he movido vuestra curiosidad por La Milagrosa podéis encontar su historia aquí.




3 comentarios:
acabo d leer lo de la medalla de la virgen milagrosa y hoy hace justo una semana que a mi hija nacida en china le dieron una medallita en lourdes,yo tambien tenia la imagen un poco abandonada dese mi adolescencia,y al leer tu entrada pienso que la medalla me ha llamado para que vuelva con ella.GRACIAS
Bonita historia, por fin nos enteramos de esa historia. Habida cuenta ya sabes lo siguiente que haré, porque uno de esos rayos de luz que salen de sus manos ojala nos llegue y nos toque para lo obvio, lo que sabeis que anhelamos. Así que en nuestro caso la buscaremos, el primer paso seguro que fue verla el otro día en vuestra casa, asi que ella nos encontró ¿no? . besos familia.
laura
Yo hace años que la llevo conmigo, me la regaló una señora en Jaca, cuándo entramos a ver la iglesia de ese hermoso pueblo. Me la metí en el monedero y desde el 97 la llevo siempre.
Thania izo la comunión en la Iglesia de La Milagrosa que está frente a la antigua piscina Sevilla, te recomiendo que si no la conoces, vayais a verla, es una iglesia pequeñita pero preciosa y allí está ella, con sus manos llenas de rayos milagrosos.
Besos
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