
Estrenábamos el martes por la noche la Feria 2.010 en Coria del Río. Tuvimos una magnífica cena del
pescaíto y asistimos al encendido del alumbrado y de la portada. Una experiencia más, un trocito más de vida vivido, y otro retalito para la colección de los recuerdos que al paso que va necesitará una nave en vez de una cajita. Alegría por la Feria, alegría por los nuevos amigos, alegría por lo que pudo pasar y afortunadamente no sucedió, conversaciones alegres, bromas, risas, un brindis ahora, luego otro; se respiraba alegría en la caseta.
Sigo pensando que si Dios me hubiese permitido elegir una vida para vivir me hubiese quedado corto, porque la que me ha dado trae de serie muchas más cosas de los extras que yo hubiese elegido. Ayer volvía a darme cuenta de todo lo que Coria del Río me ha dado y recordé que un día le dije a Silvia que aquí encontraríamos la felicidad.
Y esa felicidad no se mide en forma de raciones de jamón o de gambas, o de los bien que entra la cerveza fresquita o el rebujito, ni siquiera con lo guapísima que lucía ayer Silvia. Esa felicidad nace de ver felices a nuestras hijas, de verlas crecer día a día, de asomarnos a ese mundo al que un día pertenecimos donde vale más un amigo que un imperio. Ver que crezcan felices, esa es y será mi felicidad al lado de Silvia.