
El concierto de clausura del curso 2.010-2.011 de la Orquesta
JNZ lo he vivido de una manera muy diferente a cualquier otro. Desde los ensayos en casa con
Rod Mondy notando como cada tarde apretaba un poco más el calor, hasta mi asistencia a uno de los ensayos donde por fin pude constatar que la orquesta es un ser vivo, que respira, se mueve, reposa,
ríe mucho, a veces sufre, pero siempre, siempre avanza. Los maestros han sacado horas de donde no había para que los niños y niñas hayan dado muestra una vez más de la ilusión con la que participan en su orquesta.
El telón está aún bajado y detrás está el maestro Antonio repasando la historia de la orquesta. Todo está preparado. Las respiraciones previas al inicio del concierto sirven para templar los nervios, mientras entre bambalinas se asoman entre curiosos y orgullosos los ecos de cada ensayos esperando su momento para fundirse con las notas de la versión final.
¡Y comienza a sonar la música!
Saray "
Andrews" se encarga de transportarnos a nuestra niñez mientras pasea por el escenario cantando mano a mano con el coro de la familia
Von "Púa"
...Do es trato de varón... Sonrisas en el patio de butacas, y ya desde muy pronto alguna que otra emocionada
lagrimilla ...Sol, Do, La, Fa, Mi, Do, Re... El maestro Miguel dirige y anima al coro, y desde el fondo del patio de butacas la sonrisa de la maestra Rocío también les marca el camino. Tras el ¡
Doooo! final llega la primera ovación que eleva la emoción y el ritmo del concierto.

A continuación el ritmo lo marcaron las palmas por sevillanas con las que siguió el concierto, vibrando con el arte de la guitarra tocada con maestría.
Y todos pudimos ver como aquella carreta
coriana que volcó en el Quema quiso seguir así un ratito para
disfutar mientras Mª Luz nos devolvía durante unos instantes al camino y a las marismas, en ese sueño rociero que
Coria lleva tan dentro.
Luego sin saber cómo, a todos se nos erizaron los vellos cuando resonó el olé más flamenco dedicado a Cristina por esa voz suya llena de duende y compás.
Con la cuarta, y como si nada pasara, esa carreta
coriana siguió su caminar jaleada por las voces del coro y los sonidos de toda la orquesta metida de lleno en el concierto y conectada a través de invisibles hilos con un
patio entregado que los ovacionaba muy merecidamente.

El corazón del concierto aceleró un poquito más con la llegada de los toques occitanos. La maquinaria
perfectamente engrasada de la orquesta mostró toda su capacidad. María
dio la entrada a una percusión que vale un imperio, y en seguida llegó la claridad de las notas de Jesús tocando la flauta, acompañado por dos
violistas de auténtica categoría. Y así podíamos repasar uno por uno a todos los integrantes de la orquesta, que se encargaron a través de su
interpretación de dejar claro una vez más que forman parte de un
hermosísimo conjunto donde cada pieza es importante por si misma pero sobre todo porque el resultado final depende de que cada uno ejecute su parte a la perfección.
Música de aire medieval sonando en el tercer milenio interpretada por la
orquesta de un colegio de primaria. Universal la música, capaz de meterse en
nuestras mentes haciendo que percibamos como un todo cada una de las notas y sonidos generados en esa armoniosa máquina
orquestal. Y por supuesto llegó la tercera ovación de la mañana.

Dicen que durante su estancia en Nueva
York, a
Lorca lo conocían como el poeta que tocaba el piano. Y una de sus piezas favoritas era La Tarara. ¿Quién era? Poco importa cuando por todos es conocida. Su ritmo, cadencioso y lleno de
recuerdos de la infancia para muchos de los asistentes provocó el primer silencio de la mañana. Es silencio maestrante que es
sinónimo de faena grande.
Y así
fue. Sólo faltó que se formara un corro mientras La Tarara iba pasando de voz en voz. acompañada de un Salvador que envolvía con embrujo toda la sala mientras las notas iban saliendo de su
clarinete.
¿Acaso no se metió hasta lo más hondo de nuestras almas ese
Ayyyyyyy, mi Tarara? Al final de la copla se unieron a través de ese "
quejío" dos infancias, dos épocas, dos mundos diferentes con el denominador común de los juegos y canciones en un patio de recreo. Ya no había barrera ni cerrojos que contuviesen las emociones al acercarse con una nueva ovación la última pieza del concierto.
"Cuando escucho la vieja voz de mi sangre que canta y llora recordando pasados siglos de horror, siento a Dios que perfuma mi alma y en el mundo voy sembrando rosas en vez de dolor."Esa es la traducción al español de la letra de
Orobroy. Pero para mi tanto la música como la letra se traducen de otra manera. ¡Qué bien la tocaron y qué bien la cantaron! Cada nota se iba metiendo en rincones escondidos en cada persona, no queriendo dejar de sonar nunca. Al maestro Jerónimo ya no le quedaba más cara para poder tener una sonrisa más grande. Y, ¿qué decimos del maestro Enrique? Habría que visionar a cámara lenta el concierto para percibir cada guiño, cada expresión de su cara, cada mirada, cada movimiento de sus manos para entender la pasión que pone en cada ensayo y en cada concierto. Como el mismo dijo SUS ALUMN@S son los mejores artistas con los que puede subirse a un escenario.
Antes de bajar el telón se vivieron momentos tremendamente emotivos, que sería inútil tratar de describir porque no creo que haya palabras para expresarlos.
Sonrisas y lágrimas. Por si no hubiese sido suficiente recompensa haber vivido en primer plano el
conciertazo recién terminado, quiso el equipo directivo del colegio darme un obsequio para hacer aún más inolvidable ese momento. De todo corazón, mil gracias.
Ahora habrá que esperar por una parte a los vídeos del maestro Enrique para recordar una y otra vez este concierto. Y muy largo se me hace el tiempo hasta que a mediados de Diciembre vuelva a sonar sobre el escenario la orquesta más maravillosa que conozco, porque no hay ninguna otra que me haga sentir la música tanto como cuando es día de concierto. Antes llegarán los preparativos y los ensayos, de este maravilloso ser vivo que es el único que
hiberna en verano.
Maestro Enrique, como verás se cumplieron tus pronósticos y los niños y niñas de la orquesta "se comieron el escenario". Gracias a ti y a Jerónimo por unos días absolutamente imborrables. Y no
quiero terminar sin felicitar a todos y cada uno de los
miembros de la Orquesta
JNZ no sólo por su actuación en el concierto, sino por esa convivencia que se ha generado en torno a la música y que está haciendo que el proyecto de la orquesta tenga unas dimensiones jamás imaginadas.