Últimos años en México y primeros en España (entre 1975 y 1981)
Nina II

Llegó una tarde mientras jugaba con mi amigo Modesto en mi casa. Llamaron al timbre de la puerta y... ¡allí estaba ella con un lazo rojo alrededor del cuello! Miré a mi papá y le pregunté: "¿Es para mí?" y me contestó: "En cuanto le pongas un nombre". A lo que mi mamá agregó: "Pero antes recoge todo el tiradero de juguetes que tienes en el salón" (típico de madre, ¿verdad?). Esas primeras horas con mi perrita, esos dulces despertares con el peso de su destartalado y canijo cuerpecillo sobre mis piernas, y aquellos intentos de ladrido que se quedaban en un sonido que parecía más un estornudo nos convirtieron en inseparables.No hubo una tarde en la que no estuviese deseando terminar los deberes para salir con ella a dar un paseo. Mi paga se agotaba en comprarle pelotas, que después de lanzarle unas cuantas veces se dedicaba a destrozar concienzudamente. Le encantaba jugar conmigo y con mis amigos, y ninguno le tenía miedo porque a todo el mundo le movía el rabo. Y fué precisamente esa inocencia de perrita linda (aunque traviesa) la que la separó de mi lado porque un día en los viveros que mi padre dirigía en Tepoztlan se la robaron y de esa forma sentí por primera vez el dolor de perder a un ser querido.
Barry

¡Éste si que era todo un elemento! Hijo de Aldonsa y hermano de Ludovico, este Cocker fue sin duda el mejor amigo en los años previos a la adolescencia. La camada era de exposición y la señora Adriana nos dejó elegir al que más nos gustara y al verlo no tuve ninguna duda de que con él se cumpliría aquello de "el mejor amigo del hombre".A su lado me fue más fácil dejar a mis amigos en México, y fue mi consuelo en las primeros meses de aquel frío invierno de 1.979 que primero nos llevó a Calatayud, para terminar finalmente en Andújar. Era tierno, aunque con carácter. Afectuoso, pero sin excesos. Ninguno como él para guardar mis secretos, aunque nunca fue un gran consejero (¿es qué pensaría yo con 12 años recién cumpidos para pedir consejo a mi perro?).
Nuestra definitiva mudanza a Sevilla impuso que tuviésemos que regalarlo. Y eso desquició a mi pobre amigo. En un primer intento se fue con un amigo de mi papá, pero a los pocos días nos lo regresaron porque le había mordido la mano. No tuve tiempo para soñar con que finalmente viajara también a Sevilla porque se lo dimos al guarda de la finca donde trabajaba mi padre y ya nunca supe más de mi Barry. Si de Nina aprendí el dolor por la pérdida, con Barry aprendí que por nada del mundo abandonaría nunca a ningún perro más.
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Han pasado más de 30 años desde aquellos días, y sin embargo la sonrisa no se borra de mis labios mientras recuerdo aquellas peripecias infantiles en la que se sembró la semilla de mi amor por los perros en particular, y por los animales en general. A fin de cuentas ya sabemos que "la vida adulta no es más que el revelado de la película rodada durante la infancia".















